Ayer mientras revisaba unas cajas que tengo guardadas en la cochera con cosas que tenía en mi departamento cuando estudiaba me topé con un cuaderno que me llamó la atención. Ya había revisado varios cuadernos y libretas con apuntes de circuitos digitales, teoría electromagnética, redes, y lo que en su momento me pareció terriblemente aburrido ahora me dibujó una sonrisa, te invito a revisar tus libretas de la escuela, verás como es que sonríes de las anotaciones, garabatos y demás detalles que seguramente ya olvidaste.
Pero ese es tema de otro post, hoy hablaba del cuaderno que me llamó la atención, y esto es porque era un cuaderno mediano y de unas 50 páginas, bastante maltrecho, con las pastas manchadas de cera y las puntas de las hojas dobladas. Cuando abrí el cuaderno me acordé de inmediato, las letras me saltaron a la cara reclamándome el dejarlas tanto tiempo olvidadas y un aire de nostalgia flotaba en el ambiente. ¿Qué contenía aquél cuaderno? , contenía cartas, y no cartas comunes, eran cartas de amor.
Te imaginarás amigo lector la cantidad de sensaciones al momento de leer algo así, me daba risa lo torpe de mis letras escritas aprisa y a lápiz, ni yo mismo ahora que leía podía entender aquellos garabatos. Me llegó un aroma lejano a madera y tierra mojada, recuerdo que solía escribir de noche cuando ya no había ruido, cuando me acompañaba la luz de las velas sembradas en botellas de vino, encendía un cigarrillo y me dejaba llevar enamorado.
Las cartas no tenían remitente, pero no me costó trabajo identificar hacia quien iban dirigidas. Me sentí lleno de paz cuando terminé de leer aquél cuaderno cochino y viejo, lleno de sentimientos de amor adolescente, me sonreí a mi mismo en el cuaderno cuando en la última página leí la esperanza.
Lo cierto es que el cuaderno de cartas jamás entregadas me hizo sentirme bien, me sentí humano, me acordé lo que se sentía amar así, al grado de continuar enamorado de madrugada y con un lápiz mordisqueado en la mano.
Oiga usted, le dejo en compañía de esta canción de Ismael, que en este caso nos queda al centavo.
Cuantas veces no hemos escrito cartas que tal vez nunca llegarán a ser leídas por quien las inspiró, es más como una necesidad de desahogo, una necesidad de dejar una huella de lo que sentimos alguna vez. Pasa el tiempo y nuestros afectos pasan, crecen, las historias que se escriben; a veces distan mucho de la realidad, pero eso que queda plasmado ahí es parte de nosotros y del camino que hemos recorrido.
Yo he escrito un sin fin de tonterías, un día dejé de escribirlas, pero las sigo haciendo, el amor es la piedra con la que por más que no queramos tropezaremos muchas veces.
Cuando decido echar vistazo a las melancólicas letras de amor olvidadas y nunca dabas, pienso irremediablemente: ¿Hubieran cambiado las cosas de haberlas entregado a su legítimo dueño?
Aunque no puedo negar la felicidad que causa reconocerme con tanto potencial en pos del amor… cuando leo lo que se dejo atras.